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lunes, 13 de febrero de 2012

Cuentos




1 - El hijo del artesano





De su esmero daba cuenta su obra. Paciente y metódico, el viejo y hábil artesano se sabía escogido por su oficio, y no al revés, como la vanidad habla por boca del aprendiz. Él creó su obra por deseo, sí, pero por excluyente necesidad. Una obra le bastó. Una, perfecta, acabada en extremo. Una, suficiente, rasgada de divina perfección. Se trataba de un joven. Simplemente un muchacho. Un hombre en cuanto a especie y carácter se refieren, un hombre fundado y sostenido por la alquimia de la noble arcilla y el agua. Pero el artista cargaba con el injusto pecado de la perfección: la demora. Tiempo hacía que modificaba su obra; años que su hombre veía el mundo con un rostro nuevo cada mañana, con una expresión distinta cada noche.

Un día, su trabajo comenzó a ceñirse en sentarse y fatigar las horas observándolo, destejiendo cada ángulo, cada músculo, cada exquisito logro de sus facciones. Pero esa observación carecía de aprecio y vanagloria; estaba justificado, sí, pero sabía que algo aún le faltaba. Esa carencia lo atormentaba, hasta que un día creyó dar con la respuesta.

El artesano tenía un hijo, Isaac. Preocupado Isaac por la extrema obsesión de su padre, se contentaba con verlo trabajar, día a día, desgastado aquel por la pericia y la entrega desmesurada. No hablaban, incluso no recordaba cuándo lo habían hecho, pero jamás habían peleado. Vivían en cuartos contiguos, pero solo se miraban; mucho, desde hacía un tiempo. Pasaban la mayor parte del tiempo cerca, por cuestiones de trabajo, pero solo se miraban cada tanto. El padre a veces le hablaba, pero Isaac prefería no hacerlo. Quería decirle muchas cosas, todas buenas, pero sabía que el débil corazón del anciano no resistiría sus palabras. Se limitaba a verlo trabajar.

Dicen los que saben, que cuando uno descubre lo que necesita -darse cuenta de eso ya es mucho- se transforma en dueño de lo que desea; pero también dicen que cuando uno descubre lo que no necesita, y puede deshacerse de ello, entonces se convierte en dueño de sí mismo y ya no desea, y por tanto no sufre, porque nada más puede perder.

Jacobo -tal el nombre del artesano-, parecía haber dado con esto último. La tarde del día que refería, entonces, decidió que su obra concluiría. Como de costumbre, mojó abundantemente sus manos para trabajar; como nunca, acarició los pómulos de su obra con tal delicadeza y amor que hubiera hecho dormir a un niño, de haberlo sido. El rostro de su joven escultura siguió paciente las manos de su creador y se amoldó a su placer, dócil, por última vez. Isaac, para entonces, miraba a su padre con orgullo cuando éste no lo veía para no distraerlo, mientras trabajaba.

Ese día se hizo muy tarde o la noche llegó muy pronto. El viejo artesano miró su obra con agrado y abandonó un instante la habitación. Su hijo sabía que iba a volver, sabía que esa noche concluía la obra, la más importante. Al cabo de un tiempo que no pareció poco, Jacobo se asomó por la puerta. Todo fue muy rápido. Primero se contuvo en el marco, hasta cuanto pudo. Luego cayó al piso. Con extrema dificultad comenzó a acercarse a la escultura que, altiva, inmóvil, parecía esperarlo en el centro del cuarto. Isaac, sin comprender, se quedó quieto, como siempre, sin saber qué decir ni qué hacer. El viejo se arrastró torpemente, y con un brazo se ayudó hasta los pies de su obra. Con el cuidado que supo dispensarle se sujetó a ella y se irguió con dolor, con dos ojos que ya no reflejaban la realidad. Se aferró al cuello de su creación y sacó de sus ropas de escultor la otra mano, bañada de rojo, que para entonces ocultaba algo que no llegó a la vista de Isaac. Pero ya era tarde. El padre miró a su hijo a los ojos por última vez, y éste le devolvió una amplia mirada, cargada de amor, por vez primera; una mirada que no fue fija, sino rebosante de aprecio y agradecimiento; una mirada que exclamaba ¡gracias por esto!. El viejo, justificado, se dejó caer, esbozando una breve sonrisa, sabiendo lo que había conseguido. En ese preciso momento Isaac pareció despertar de aquel mutismo, de esa aparente inmovilidad que quería que su padre viera siempre. Se agachó hacia él, -notó que ya no respondía- y tomó el corazón del viejo que aún latía de entre sus manos, aunque nunca supo exactamente qué era. Como preso de una revelación -pero sin serlo realmente- mojó su otra mano en agua y empezó a frotar aquél pecho de arcilla, haciendo presión, muy lentamente. Lo alojó en la cavidad que se formó; no por comprensión, sino por analogía, o por amor, -que en este caso es lo mismo-, para culminar el deseo de su padre.

Con el tiempo, la escultura comenzó a deformarse sin la amorosa caricia del viejo; empezó a caer lentamente, tan despacio que cubrió de húmedo cuidado el cuerpo del viejo, que yacía a los pies de su obra, hasta que fueron uno y, de alguna manera, latieron con el mismo corazón. Isaac desapareció con ellos.

Para Jacobo, la escultura fue algo más que una escultura. Para Isaac, su padre fue más que un padre. Jacobo e Isaac fueron eso, padre e hijo, pero también obra y creador, desde el principio.

Cada uno de ellos lo supo siempre: Isaac y la escultura eran el mismo ser. Los que recién lo sabemos somos nosotros.

Por un instante, lector, sé Jacobo y mira de frente la escultura. Pon tus manos en su cara de arcilla. ¿Puedes verla?, estas viendo a Isaac entonces.

Ahora, sabiendo esto, lee una vez más esta historia.







2 - Mi muñequito



Cuando yo cumplí 5 años -recuerdo- mi mamá me regaló un muñequito. En realidad era un chocolate que tenía adentro un muñequito. Pero eso era, un simple muñequito. Les confieso que era tan chiquito pero tan chiquito que tenía que concentrarme para agarrarlo con mis manos y que no se me cayera. Un día se transformó en uno de mis preferidos; de hecho, jugaba mucho con él. No quiero convencer a nadie, pero les juro que ese juguetito tenía muchas ventajas: era tan chiquito que disfrutaba verlo vencer a mis juguetes más grandes, y eso lo hacía poderoso; o lo escondía en las macetas del jardín y lo transformaba en el señor de los bichitos; o en el pesebre en la navidad, escondido en el pasto; o le hacía casitas con fósforos y plasticola. Y ni hablar de hacerlo nadar en cualquier charquito.

Recuerdo un domingo en especial (que no puedo olvidar aunque quisiera), cuando mis abuelos me llevaron a la plaza y, en la excitación de la patada, pisé mi pelota rayada y me caí de cola al piso; fue menos el llanto incontenible por el raspón que por la pérdida de mi muñequito. Levanté todas las hojitas, las grandes y las más chiquitas, las maderitas, los bichitos, las piñas caídas; deshice todas las montañitas del arenero. Y nada. Cada tierrita era para mí el fin del mundo, el de mi mundo. Después de un rato de intensa búsqueda, mi abuelo me alzó y me dijo riendo:

- No perdiste nada, Marianito, mirá donde lo tenías, mi amor.

Estaba enganchado de mi pecho. Se había amarrado una piernita, mágicamente, en el botón azul que sujetaba el jardinero que tenía puesto. No entraba en mi sorpresa. Dejé de llorar, acongojado, mientras lo miraba y lo apretaba con fuerza, pero tuve tanto miedo de volver a perderlo y no contar otra vez con esa suerte…

Resolví comprar (que me regalen, mejor dicho) una cajita para guardarlo. Me prometí que eso nunca más iba a pasarme con nada en la vida.

Lo guardé y lo tuve muchos años, hasta que la vida -una mudanza, una torpeza, ahora no lo recuerdo- hizo que lo perdiera.

Después de muchos años, un día mi mamá dejó de hablar. Dejó de comer. Dejó de caminar. Y yo dejé de reír. Una enfermedad cruel empezó por sacármela de a poco. Y yo lo primero que pensé fue en ese muñequito, mi muñequito. Yo quería tener a mi súper muñequito por un instante y decirle que entrara en mi mamá cuando ella durmiera y navegara por su sangre, que nadara por su pecho hasta su cabecita para pedirle que hiciera lo que él sabía hacer con los bichitos: darles miedo, para que se fueran. O que se transformara en palita y pisara el alimento muy chiquito, para que ella pudiera tragarlo sin esfuerzo. O para acariciarle con amor los párpados, que guardaban dos ojitos ya casi dormidos. O solamente para yo decirle:

- Mirá, má, volví a encontrar el muñequito que me regalaste una vez. 

Pero nada de eso pasó. Ella se fue un día, sin avisar, como se fue mi muñequito. Y me dejó solo también. Más solo en realidad. Sueño desde ese día que alguien me diga lo mismo que me dijera mi abuelo aquél día, en la plaza.

Lo tengo muy ensayado. Llevo años ensayándolo. Sería algo como esto: yo me doy vuelta y mi mamá está ahí, a mi lado, sonriéndome, y me agarra de la mano. Le doy un beso muy, muy grande y después me alza, porque soy chiquito de nuevo (ya que es un sueño lo hago como más me gustaría que fuese ¿no?)

- Mirá lo que te traje. Adiviná.

- ¿Un autito?

- No.

- ¿Un chocolate?

- No.

- Es una cajita. Tomá.

- ¿Para qué una cajita, mamá?

- Para guardar tu muñequito.

- Pero mamá, ese muñequito lo perdí hace mucho.

Y ella, con la caricia más suave del mundo lo sacaría del botón de mi jardinerito y me diría:

- No perdiste nada Marianito, mirá donde lo tenías, mi amor.







3 - La carta que no fue



Mi nombre ya no es importante, pero tú bien me conoces, mi amigo.

No tengo patria que me reclame ni he sido bendecido con descendencia -lo que es una manera de no haber siquiera existido. Mañana, cuando el sol del mediodía se ponga a primeras horas de la tarde, habré muerto. Los jueces del pueblo en que he nacido me encontraron culpable de sendos hechos que debí haber cometido y que he procurado reconocer. Desde hace días una fría cárcel de piedra y silencio es mi previsible laberinto.

¡He imaginado tantas veces ya mi muerte, que he muerto tantas veces como he podido recrearla! Mi carne lacerada ya no soporta ropa, ni mis pies calzado. Estoy sucio, hambriento, agotado. Sé que estas palabras no harán más que herirte, mi querido amigo, pero debo decirte que me he equivocado; mereces saberlo. No he sabido escucharte debidamente. Sé también que los demás no te escucharán, por sendas razones. ¡Oh, mi amigo! Tantas veces me lo has dicho. Has soportado tanto por mí, que todos los tormentos que he pasado y que aún me esperan no son comparables con tu entrega. No has dudado un instante en hacer lo que te he pedido. Léeles esta carta a los demás, hazte la manera de llegar a ellos y que te escuchen: es mi voluntad y lo último que te pediré; hazlo por la amistad que nos ha unido y por mi predilección a ti.

Diles que lo siento, que profundamente lamento las erradas confesiones que les he hecho, las obligaciones que les he exigido, las privaciones, las pérdidas que han pasado por mi proceder. La culpa que me embarga hace que desee que este día tenga menos horas y ya sea mañana, que pronuncien mi nombre, que ceda la puerta de madera que me separa de mis verdugos y me conduzcan a la luz del sol, hacia mi destino.

Sí, lo sé. Sé qué estarás pensando cuando leas esto. Te conozco: no lo merezco; tal vez así sea. ¡Si mañana se abriera el cielo y me llevara, Dios tendría piedad de mí y de todos ustedes! Pero sabemos que eso no sucederá, no suceden esa clase de intervenciones divinas; no en estos tiempos. Diles que se mantengan fuera de la ciudad al principio, que huyan a las montañas, al desierto, hasta que las cosas se calmen. Son todos buenos hombres, lo sabes, pero sus sentimientos son instintivos y carecen de modales; lo has comprobado cuando me apresaron. Devuélveles el dinero que les pertenece y que han aportado para la causa, y diles que esperen la nueva señal.

A mi madre hazle saber que siento mi insistencia, mi desamor. Será muy duro para ella, quien siempre ha creído en mí.

Te ruego algo más: mucho me preocupa que a los demás pueda importarles poco esto que me sucede y, al saberlo, sigan adelante. He visto en sus ojos que no entenderán una negativa; he visto en sus ojos la esperanza y la obtendrán más allá de mí. Pero ya nuestra causa no tiene sentido, no es más que un simple recuerdo de la añoranza de lo que una vez pudo ser real. Ponle fin a todo, disuelve el grupo, pídeles perdón de mi parte y convéncelos -hasta donde tus fuerzas te permitan-, para que aguarden con paciencia al próximo.

Amigo, apenas puedo darte las gracias y ansiar tu perdón a la vez. No cometas una locura con tu vida, me lo has hecho saber y te conozco bien a tu pesar. Solo contigo cuento, con la suficiente capacidad para hacer esto, para que la verdad que nuestro pueblo se merece sea conocida; de otra manera, las generaciones postreras y la historia nunca me perdonarán esta vil confusión.

Una vez que leas esto, Judas, mi amigo, dalo al fuego.







4 - Un milagro en Asís



Corría el año 1249 de nuestro Señor, cuando el prior de los dominicos de Segovia, Juan Diego de Rocabert, partió hacia Italia para cumplir con una misión que Inocencio IV, el santo padre, le había especialmente encomendado. San Damiano, una humilde capilla situada en las afueras de Asís, era considerada una reliquia que la santa sede sabía relevante por varias razones, y que era necesario estudiar y proteger.

Los habitantes de esta aislada comarca italiana esperaban con ansiada premura la llegada de Antoine de Lorraine, ex obispo de St. Gaudens, que se hallaba en la abadía de Perpignan, al sur de Francia, desde hacía varias semanas. Este piadoso no contaba con el beneplácito de Roma, dada su propensión a no ejercer diferencias entre los hijos de dios. Su acercamiento a los albigenses -o herejes, para la iglesia- lo había distanciado de la santa sede y, como castigo, había sido confinado a Perpignan, previa destitución de St. Goudens, para que su conducta mejorara en la tortura del azufre y el hierro. 

Para la llegada del otoño, el prior español promediaba parte de lo que se le había encargado: descubrir la veracidad de la historia de una pequeña iglesia, y encontrar la prueba viviente de un milagro: un hombre de la nobleza que, se decía, había evitado la muerte por intermedio del fraile. Contaba entonces el prior con un celoso registro de la capilla donde Francisco, el desconocido religioso, había recibido y padecido los estigmas del nazareno hasta su muerte. Maderas de Brindisi, pisos de ladrillo, ventanas sin cortinado, sin herrajes, una eucaristía de barro y varios bancos de oxidada chapa; cama, campanario y una prolija letrina eran lo más considerable. Interrogada la gente sobre el santo de Asís, prodigaban solo alabanza hacia él y la esperanza que su nuevo sacerdote, Antoine, regresara después de algún tiempo afuera. Juan Diego juzgó propicio esperar su pronta llegada, para que aquél lo ayudase a dar con el hombre del milagro.    

El ex obispo, para entonces, emprendía su regreso. Enterado de la llegada de Juan Diego a Asís, resolvió prestarle la ayuda posible y cuanto menester le fuera requerido al enviado del sumo pontífice. El santo Francisco había dotado a su comunidad de un aire de esperanza y sosiego y había ayudado a propagar el culto cristiano en el sur de Italia.

- ¿Culto cristiano, mi estimado Antoine de Lorraine? -preguntó frunciendo el ceño, fingiendo extrañeza.

- El amor a nuestro señor, sí -respondió Antoine, cerrando sus ojos y agachando su rostro, aún quemado por las heridas recibidas.

- El término “cristiano” es muy general. A la Madre Iglesia Católica Romana, te referirás sin dudas -corrigió el prior-. No creo te sea indiferente, que el santo padre espera que tu fe haya sido corregida dentro de las mazmorras de la abadía de Perpignan.

- Oh, claro que lo ha sido, prior. Solo pienso humildemente, que un trozo de pan a algún hermano albigense puede hacer ver a nuestro señor más indulgente, menos severo.

Juan Diego de Rocabert, al ver su inconsistente teología, optó por la piedad y supo ver en su insistencia solo falta de instrucción y la juzgó nimia, perecedera. Le habló con amor:

- Hermano Antoine. Son tiempos difíciles para nuestra iglesia. Tiempos de prueba, tiempos donde la vacilación puede destruir siglos de piadosa entrega. Bien sabes que los albigenses, que en el norte llaman cátaros, descreen de la cruz y la eucaristía, símbolos sacros del señor. Debes coincidir conmigo, es decir, con la Santa Sede, en que es una blasfemia. Has sentido en tu carne el precio de la ofensa, no lo olvides.

- Mi querido prior, nada de mi boca ofenderá la sagrada institución. Solo un trozo de comida y, tal vez, una alforja de ropa a algún necesitado ha sido toda mi herejía.

Juan Diego debía volver a Roma con una respuesta. Asís era una perdida campiña italiana, colapsada de pastores y comerciantes incultos, lugar donde un joven monje había hablado con un dios, llevado en su cuerpo las marcas de la cruz en vida y, decían, había devuelto la vista y las piernas a innumerables fieles. No había encontrado hasta ahora más que baratijas de iglesia de pueblo y habladurías entremezcladas con mitología popular. Eso no era suficiente. La Santa Sede deseaba aprovechar estratégicamente la resonancia que el lugar había adquirido por los hechos, pero la real motivación del sumo pontífice, luego de las disposiciones del concilio de Letrán del año 1215, era la de perseguir, excomulgar y torturar a los seguidores de la secta albigense que había crecido en base a una oposición primaria de los preceptos de Cristo. Si el santo franciscano era quien decían que había sido, Inocencio IV no dudaría en construir una basílica en su nombre en el lugar y ejecutar una cruzada para diezmar a los herejes. Pero le faltaban pruebas para convencer al alto clero.

Juan Diego no volvería a Roma sin un informe feliz, ya que sabía de la secreta jugada del papa. Resolvió entonces pedirle ayuda a Antoine de Lorraine, que sabía no dudaría en dársela.

- Francisco ha sido para nosotros la mano de dios mismo en nuestra tierra. Ha venido hasta aquí gente de Florencia y hasta de Marsella en busca de prodigio y esperanza.

El prior no dejó que terminara.

- ¿Han habido milagros aquí, Antoine? -le preguntó sin rodeos.

- Los ha habido.

- ¿Puedes dar fe de ellos?

- Puedo darte tantos ejemplos como gustes, mi querido prior.

Juan Diego no necesitaba más que algunos casos de prueba, -tal vez solo uno, el rotundo-, y ahora los tendría. Garantizado esto por un obispo recientemente reprimido por herejía, que abrasaba nuevamente la fe, sería aún más efectivo su informe y, de esta manera, su influencia ante el papa crecería enormemente.

- Llévame con ellos -le inquirió.

Antoine lo llevó más allá de la campiña, al interior de los montes italianos, donde casuchas de piedra y adobo albergaban con modestia familias enteras. Recorrieron planicies cercadas de cumbres blancas y serpenteantes colinas rodeadas de silenciosos riachuelos: toda la gente que encontraron fueron fervorosos creyentes, dispuestos a hablar de sus milagrosas curas, pero todos eran desempleados, o bandidos, o falsos comerciantes, o prostitutas, o niños. Agolpados por la visita del padre Antoine, los fieles querían ser tocados o besados, en un barato frenesí.

- ¿Estos son tus milagros? -dijo Juan Diego, con una abierta repugnancia y sintiendo que su búsqueda se truncaba.

- Esta gente responderá con clemencia lo que usted requiera, prior.  

Juan Diego sabía que esa no era gente de fiar y que era imposible ser tomada como seria prueba. Por otra parte no comprendía la inusitada pasión que demostraban por ver a Antoine; pero lo vio como un buen presagio.

- Has sabido lograr toda una presencia luego de la muerte del franciscano -dijo con evidente burla.

Antoine no respondió, y regresaron camino a la pequeña ciudad.

Juan Diego sabía de la leyenda del noble sanado por milagro; era parte de su encargo descubrirlo. Esa sería, como estaban las cosas, su única prueba fehaciente. Sabía también que Antoine no desconocería este paradero, dentro de un pueblo tan pequeño. De hecho estaba seguro que fingía desconocerlo para preservarlo; por eso lo habría llevado fuera de la campiña, al interior italiano. También, como ex obispo, supondría que al dar con el milagro viviente debería ir con él a Roma para ser fruto de toda clase de pruebas teológicas, físicas, espirituales y, tal vez, ser interrogado. Pero su única opción era obtener por medios lícitos la información, ya que el ex obispo no incurriría en mentiras.

- Dime, Antoine -le dijo acercándose y en una voz baja, nocturna, seductora- ¿Has oído hablar de un noble extranjero que ha sido bendecido por la imposición de manos del franciscano? Debo decirte, que el santo padre ha dicho que desea beneficiarte con la construcción de una basílica para tu santo aquí, en Asís, por lo que tu cooperación será recompensada en grande.

- Oh sí, he oído hablar de él; claro que sí, mi prior -contestó Antoine apresuradamente.

Juan Diego no entraba en sí, pero comprendió los caminos de los que se vale el señor. Y suspiró profundamente. Le pidió, le rogó que lo llevara hasta él. Le dijo que conocerlo sería un honor para la santa iglesia y la real posibilidad de canonizar a Francisco, aunque secretamente solo quería congraciarse con el papa Inocencio. Le habló del futuro de la comarca, de las posibilidades comerciales, de su crecimiento personal, de su salvación. Antoine, sin escucharlo, le dijo que estuviera dispuesto a esperar lo que no quería ver. Le pidió que si luego de conocer al ser que vivía gracias al milagro decidía deshacerse de él mismo, que enviara nuevamente a la comarca de Asís un nuevo sacerdote.

- ¿Deshacerme de ti?, no comprendo Antoine. Si dices que me llevarás con quien quiero, nunca podré hacer semejante injuria, a ti te debo el cumplir de mi tarea. Pero, juzgando tu rostro, aunque veo innecesaria tal promesa, te doy mi palabra de no hacer nada contra ti.

- No es eso lo que me importa, prior -le interrumpió Antoine- sino que Asís quede sin su fraile nuevamente.

Antoine lo llevó hasta la capilla, donde entraron juntos. Le pidió a Juan Diego que esperara en uno de los bancos de chapa oxidada. Así lo hizo. El ex obispo francés se arremangó su túnica marrón, ya carcomida por el tiempo y la suciedad, y levantó su falda, hasta quedar con una simple tela blanca que protegía solo su intimidad. Juan Diego se levantó de la chapa de manera súbita, al ver lo que veía: Antoine mostraba cicatrices en todo su cuerpo, laceraciones, marcas mortales, heridas de flagelación y quemaduras. Su cuerpo era un campo de batalla donde ningún ejército podría haber salido victorioso. Juan Diego llevó sus manos a la boca y rehusó mirarlo. Le preguntó insistentemente porqué le confiaba esa calamidad. Le dijo al desnudo sacerdote que sabía bien que su pasada blasfemia había tenido un precio en las mazmorras de la abadía de Perpignan,  pero que ya estaba saldada la deuda, que Dios lo había acogido nuevamente. Incluso hasta ensayó unas breves disculpas con tal de que Antoine le presentara al ser del milagro.

- Aquí lo tienes, prior -le dijo, abriendo sus brazos y bajando su rostro-. Francisco me ha bendecido en vida con la sangre de sus llagas. Yo soy su milagro.

Juan Diego tuvo que sentarse nuevamente. Miró fijamente la carne mordida, ennegrecida por el fuego. Entendió que el obispo era la prueba viviente del milagro del santo franciscano. Por un momento se alegró. Sintió que su búsqueda había terminado, que su cometido estaba cumplido. Hasta que entendió qué sucedía.

El dominico de Segovia, el inquisidor Juan Diego de Rocabert, hizo apresar ferozmente a Antoine de Lorraine, ex obispo de St Goudens, como un vil criminal.

Lo llevó finalmente a Roma, donde fue excomulgado, juzgado, torturado por blasfemo y decapitado finalmente por su verdugo. Jamás se resistió.

Por su parte, el inquisidor nunca cumplió su promesa, por lo que pasaron muchos años para que Asís tuviera nuevamente su fraile. La capilla de San Francisco fue demolida y enterradas sus ruinas, y prohibido el nombre del sacerdote francés en toda la comarca.



Curiosamente, a la Santa Sede no le pareció una intervención divina que el ex obispo que debía sufrir por herejía en las mazmorras de la abadía de Perpignan, -por dar un simple trozo de pan a otro cristiano-, sobreviviera a las atroces torturas a las que fue expuesto.

Ni siquiera les pareció un milagro cuando supieron que su cuerpo había ardido en las llamas de la hoguera durante tres días. Y, como si nada, continuara con vida.







5 - La torre de Ianipur



En la torre escalonada más alta, que también es un templo y que se confunde con las nubes plateadas en las noches de luna, las muchachas vírgenes de Ianipur se entregan carnalmente a un dios, para cumplir con un ancestral rito. Durante una noche, una vez al año, el dios y una doncella se unen en un encuentro único, donde en manos de un amor fugaz ésta le entrega su virginidad y aquél, a cambio, le concede la legítima pureza. En una total oscuridad, el dios le desea un efímero amor y ella jura no reconocerlo, tal vez porque un dios no soportaría revelar su rostro a una simple mortal. Tal el ritual que, por extraño que nos parezca, todas las muchachas esperan con el ansia que se aguarda un regalo inesperado. Todas, menos ella.

Rashid El Bneshid, hijo de Hanuk Al Ben Gula, había pedido por entonces la mano de Ellesig, la doncella más hermosa de Ianipur. Le había sido dada con agrado por su padre, el sacerdote del templo, Josafat Tabul, luego de una dote de sesenta jóvenes camellos que salvaran al anciano y su familia de una segura calamidad. Josafat nunca olvidó su gesto, y tomó por hijo a Rashid.

Para la enamorada y bella Ellesig, lejos de significar una entrega, el rito divino era más un ultraje que una demostración de fe; y ni siquiera conocía a Rashid como hombre. Pero a la vista del pueblo y de su anciano padre, desertar de su destino hubiese significado la vergüenza, la deshonra, quizás la muerte. Mientras Rashid El Bneshid domaba en las arenas los caballos sarracenos más hermosos o los montaba con la agilidad de un tigre real, Ellesig lo miraba con ojos grandes, orientales, dejando en descubierto su corazón. Todo su corazón, menos la pequeña arista que negaba el fatídico secreto, porque -hay que decirlo- por razones obvias, el rito era oculto para los varones de Ianipur.

La noche de la entrega llegó por fin. Durante los días previos, Ellesig había percibido distante y apesadumbrado a Rashid.

- Estaré en la casa de mi padre mañana, desde que la luna salga hasta que el sol se ponga -le dijo ella con un insoportable dolor por la mentira.

Con un gesto dolorido, atemperado por la culpa, la ira, tal vez el engaño, Rashid le contestó:

- Haz lo que debas hacer, estaré contigo donde quiera que estés.

Sus palabras la destruyeron. Hubiese preferido sus gritos, su rabia. Rashid y Ellesig nunca se habían distanciado, por lo que ella juzgó tales palabras como la demostración del amor que se dispensaban, pero supo reconocer el dolor que emanaba de ellas, como si él intuyera -o tal vez  supiese- lo que estaba por suceder. Pero al momento de retirarse, Rashid la besó con dulzura, con un sutil roce de labios en su rostro, y ella no pudo menos que ocultar sus lágrimas con la gaza que también cubría su pelo. Y él, ni bien ella se fue, dejó correr las suyas.

Aquella noche, en la que Ellesig dejara a Rashid, dos amantes se dieron amor furtivo en la cima de una torre bañada de nubes plateadas por la luna, donde una vez al año un dios desciende y posee a una doncella virgen; esa noche Ellesig fue la elegida. Pero este secreto, -como dijimos- está vedado a los varones de Ianipur.

Pero curiosamente, una vez al año, los varones de Ianipur también son convocados a la misma cima de la misma torre, que está bañada por la misma luna, a la misma hora, para ser poseídos por una diosa y ser purificados; pero este es un secreto que está vedado a las mujeres de Ianipur, por razones obvias. Esa noche el elegido fue Rashid.



Año tras año, la seductora torre de Ianipur era ocupada por dos mortales siempre diferentes que se amaban en el amor de una sola noche, mientras cada uno creía ser el destino de un dios que lo elegía, para cumplir con un rito ancestral.

No sabemos -ya que la historia se perdió en las arenas del tiempo y el oriente- si Rashid y Ellesig sospecharon quienes eran en realidad, o si en verdad se reconocieron y se amaron por vez primera.

Preferimos pensar esto último.

Nos queda solo un nimio detalle: ¿Qué destello, qué extraño conjuro pudo haber hecho que estas dos almas destinadas pudieran merecerse el regalo de ser elegidos, justamente ellos dos, como mutuos amantes?

La injusta intriga será para todos, menos para el sacerdote del templo, el padre de Ellesig, Josafat, cuando en agradecimiento a Rashid por sesenta jóvenes camellos perpetrara -por única vez en la historia de Ianipur-, un casual encuentro.







6 - La pesadilla



Las imágenes reaparecen, insistentes. Con la paciencia de un lobo hambriento, los seres -o lo que fuese que sean- me acechan desde lo lejos, desde cerca, desde donde yo pueda mirarlos -y los veo por todos lados. Cada noche, el solo pálpito de su regreso me entristece, me atormenta y habita mis sueños.

En la oscuridad -porque, hay que decirlo, siempre están cuando los busco-, son como fantasmas sin forma, ancestrales y abrumadores espectros que…

Lo he hablado con muchos, y nadie parece entender exactamente a qué me refiero, casi como si no comprendieran mis palabras. Siento que estoy volviéndome insano. Para colmo no sé donde informarme ni con quién más compartirlo, porque tampoco me dejan salir solo de mi casa. Estoy atrapado. Tampoco puedo leer, aunque me dicen que por el momento me limite a tocar, a escuchar, que ya habrá tiempo… esto es más una maldición que una vida. Me siento enfermo, es eso, y no quieren decírmelo, para no preocuparme, lo sé. Quienes me quieren me dicen que a casi todos les ha sucedido. Entonces, al final, eso no me sirve. Me siento solo. Aunque siempre tratan de hacerme compañía, de quedarse a mi lado, de hablarme o leerme hasta altas horas. Luego me dejan, porque oigo primero sus lentos pasos y luego sus voces en las habitaciones contiguas, cuando las luces se apagan; y sé que hablan de mí, lo sé muy bien, no soy ningún tonto.

Es de noche nuevamente, un nuevo tormento se avecina, otra noche donde esos seres, esos imitadores, esos oscuros y fantasmales monstruos me acechan desde las sombras cercanas.

Ahora acaban de alimentarme -¡ni siquiera eso puedo hacer por mí mismo!- y me acompañan a mi cama. ¡No me dejen! -les digo. El y ella me miran, como si no comprendiesen mis palabras. Y ríen.

Alguien pone su mano en mi cara -casi siempre es ella-. Tengo miedo, pánico. Esa mano me dice que todo está bien. No le creo, pero algo en mí se tranquiliza. Y dejo de sollozar.

Entonces, vuelvo a escuchar las mismas palabras, cada noche:

- Shhh, mi bebé, es hora de descansar…







7 - Ensayo sobre la Muerte



Esto no supone ser un ensayo sobre la locura; ni siquiera se trata de un aporte a la sociedad ya que carece de interés más allá del mío, aunque creo que eso es más que suficiente, y tal vez más grave.

Hoy es 7 de enero de 2010, y estoy muerto.

Si alguien me lee alguna vez, no necesita saber más que esto. Por más que mis dedos sostengan un lápiz y se deslice el grafito sobre un papel e imprima, éste, caracteres que tal vez más tarde arroje al fuego, no son suficiente argumento para probar mi existencia.

Como dije, es enero;  como dije, estoy muerto. Intentaré probar mi postulado.

Nací el 16 de enero de 1978, por lo que casualmente falta muy poco para mi cumpleaños número 32.

Ahora bien, si nací hace casi 32 años, y conmemoro cada 16 de enero la fecha de mi nacimiento y eso implica cada año la suma de un año más en mi existencia, entonces, si presumiera que muriese, digamos, el 26 de abril de 2070, es decir, a los 82 años, entonces cada 26 de abril futuro, desde aquel momento en adelante, cada ser que me recuerde rememoraría la fecha de mi muerte; hasta aquí no hay mayor complejidad. Pero ¿qué hay de cada uno de los 26 de abril desde hoy -hoy mismo- hasta mis 82 años? Lógico es que desconozca la fecha de mi muerte -esto es real- pero desconocerla no me exime de vivir intuyendo que cada 26 de abril -por ejemplo-, será “ese” día en el futuro incierto.

Insisto, es elemental que desconozca la fecha de mi muerte, pero ese desconocimiento es tan cierto como la afirmación de que sé que ya he vivido 31 veces el día en que vaya a morir, sea éste cual fuere; es decir, he respirado y caminado y comido y amado ya 31 días, de todos los de mi vida, que corresponden al cierto día de mi partida de este mundo. Y esto es tan certero y poco objetable como las cosas más simples de la vida.

No quiero extenderme en transmitir la tortura de ser plenamente consciente de esto, a cada instante, todos los días. De todas formas -se podrá pensar atinadamente-, el conocer esto no me da ventaja sobre quienes lo desconocen, no existe ganancia alguna, aunque he comprobado una leve diferencia de pensamiento. Las personas dicen para sí: “este puede ser el último día de mi vida”. Yo digo: “he padecido ya este momento, porque he vivido infinitas veces este mismo día. Ergo, ya he muerto”.

Al contrario de todo ejercicio del pensamiento, yo solo he conseguido una maldita obsesión: no pasa un solo día -ni uno-, que no piense que aquel día, en que muera, ya lo he vivido tantas veces como apenas recuerde.

Pero he descubierto un nimio atajo que me da una ventaja abrumadora, una luz en la mirilla de la Muerte: haber transitado tantas veces los pormenores de mi muerte y ensayado otras tantas el último aliento, me transforma no en una víctima agónica como todos los mortales, sino en un simple espectador que espera de la Muerte ya no una pantomima de estertores y llantos y miedos, sino una exigencia mucho mayor: quiero que me sorprenda.

He imaginado, soñado, dilapidado mi tiempo y mis mejores momentos presumiendo descubrir el cuándo y el cómo de mi deceso, añorando saber más que la misma Muerte. No lo he conseguido.

Sé que nunca podré ganarle. Cuando sienta que esté muriendo, tal vez ese 26 de abril de 2070, rememoraré cada uno de los 26 de abril vividos, pero de nada me servirá hacerlo, más que para corroborar mi postulado, que lo sé efectivo ya desde ahora.

Continuaré, entonces -no puedo hacer otra cosa-, intentando distraer infructuosamente al destino. Como aquel que se acuesta cada noche, queriendo atrapar el momento inicial y exacto del comienzo del sueño y nunca lo logra, y al otro día despierta diciendo: “esta noche lo lograré”, y por supuesto, nunca lo consigue.

Igual, presiento, la Muerte no terminará sorprendiéndome. Su modo y su hora serán muy superiores a mi conocimiento humano, pero no exceden mi infinita capacidad de creación. Eso seguro.

De todas formas, no me importa.

Para cuando ella llegue, yo ya estaré muerto.







8 - Gracias a Roberto



Roberto es un tipo agradecido. No puedo explicarme lo que pasó. Yo soy su mejor amigo. Bah, lo era. Roberto nos dejó ayer. Un accidente de autos, en la ruta.

Qué se yo. Si tengo que pensar en un tipo tranquilo, sosegado, ese era Roberto. No me lo explico. Ni la familia ni la policía sabe cómo sucedió. Se fue de casa ayer por la madrugada, después del truco con amigos de todos los viernes. No bebía, no tenía excesos ni se ponía nervioso; ni que hablar que con el auto era más que prudente. Para colmo, la autopista estaba vacía a esa hora según el informe del peaje. La verdad, no nos explicamos el vuelco. Pobre Roberto.

Para pintarlo en vida, Roberto era un agradecido. Sí, simplemente eso. De hecho, se había ganado de apodo esa palabra. Aunque parezca tonto, no hay otra palabra que lo defina mejor. Uno espera generalmente un agradecimiento luego de un llamado, de un regalo, de un gesto. Roberto iba más allá; te agradecía que lo invitaras a la ya pautada noche de truco; te agradecía un saludo.

Era especial, un pan de Dios. No había gente a quien pudiese caerle mal, pero quien no lo conocía terminaba juzgándolo desacertadamente. Imagínense alguien que agradece constantemente, como si quisiera congraciarse o ser tenido en cuenta; como si la vida se le fuera en dar las gracias. En fin.

Ayer por la noche, antes del accidente, ocurrió algo curioso. Entre la picada y el truco y la charla de futbol de siempre, tomó la palabra y nos juró que desde aquel momento solo iba a agradecer lo realmente importante. Que no iba a dar las gracias por simplezas ni obviedades. La verdad que todos nos quedamos boquiabiertos y nos miramos. Nosotros, como amigos, somos tan jodones como compinches, por lo que le aclaramos que aceptábamos la advertencia, pero no sin antes insistir que su forma de ser con nosotros era motivo de orgullo y, por qué no, tema de conversación y risa a veces. Pobre Roberto. Miren, no me olvido más. Se ve que todo tiene una explicación. Roberto era muy tímido, demasiado. Nos hicimos amigos en la secundaria, el día que me confió que la única forma de relacionarse con alguien era agradeciéndole algo, y si no se daba naturalmente, lo provocaba ¿Pueden imaginar esto? Me refiero a generar situaciones para luego poder agradecerle algo a quien intercediera en la misma. Todo para poder relacionarse. Eso me dio mucha lástima.

Por ejemplo -ahora a la distancia me causa gracia-, a su primera novia la conquistó cuando ella lo encontró un día tirado, lastimado después de haber sido asaltado; y claro, nadie lo había asaltado, ¿me explico? O cuando desaprobó Matemáticas en primer año, a propósito, solo para que un compañero que no le hablaba le explicara la materia después de hora, y él pudiera agradecerle. Así era Roberto; raro, tal vez de formas extremas, pero bueno como él solo. De cualquier modo, todos nosotros, sus amigos, le agradeceremos eternamente su forma de ser, su afán de buena persona.

Pero Roberto ya no está. En fin.

Un amigo de Renato, que decía que Roberto era un psicótico -¡que guacho, llamarlo así!-, escupió hace un rato, en el velatorio: “no les extrañe que éste loco haya querido accidentarse a propósito, para luego agradecerles a ustedes sus cuidados, y se haya pasado al otro lado”. 

¡Pero qué locura, pensar eso de Roberto!

Miren, con esto les digo todo. A todos los del grupo se nos murió familia en el transcurso de la vida. Y si bien todos estuvimos presentes con todos, siempre él iba por más y ofrecía su tiempo, sus cuidados, y siempre entendimos que darle el lugar para ayudarnos, era darle la oportunidad de agradecernos: Juan perdió a su esposa, Renato a los mellizos, Marcos a su padre. Yo a mi madre. Y Roberto siempre ahí, siempre dispuesto a dar una mano a quien la necesitara, en el momento preciso.



De hecho, ahora que lo pienso, pobre Roberto… todas las malas noticias les tocó darlas a él, porque siempre estaba cuidando, pobrecito, a quien moría.

Y nosotros, por supuesto, siempre agradecidos con Roberto.







9 - Un deseo



Soy para ella un simple pensamiento. Sí, eso soy. Y no es una exageración. Para nada... Soy para ella una especie rara de compañía, una de esas compañías que lo comparten todo pero excluyen la cotidianeidad…

Un día, la alquimia del deseo, la tristeza y unas cuantas lágrimas de sus mejillas me trajeron a su lado. Así, nada más.

Una mañana aparecí, simplemente, y me adentré en su vida. Sí, así fue.

Ella me cobijó desde el primer instante y me prometió el calor de su cuidado. Yo sentí su dolor, su soledad… y no pude menos que darme.

Al principio todo era recíproco: me llamaba y yo estaba. Yo estaba siempre en realidad, como ahora, que ya me busca menos. Con cada requerimiento, con cada diálogo, yo me hacía más fuerte. Fue muy hermoso, porque le insuflaba mi ser cada vez que me necesitaba y acudía a mí. Cada vez que siquiera me llamaba, su pecho respiraba con más fuerza; sus manos, sus piernas, su cerebro y cada órgano cobraban vida cada vez que yo llegaba. Fue una época sin igual para nosotros. Su congoja, su desazón y su alegría eran motivo para traerme hacia ella.

Hasta que un día todo terminó. Así, sin motivo aparente, sin explicaciones, dejó de pensar un día en mí; aunque yo le hablara, me hiciera presente o la escoltara.

Aquella mañana gris, una lágrima -una más de tantas otras- rodó por su rostro y ahí estuve yo, a su lado, respondiendo a su llamado, como siempre. Pero esta vez me apartó. Quise volver, hice fuerza, mucha, pero ya no había espacio para mí dentro suyo. Ella no estaba sola. Entendí que había otro; yo había sido reemplazado. Mi primera reacción fue regresar de todas formas, por mi propia naturaleza, bajo cualquier circunstancia… pero fue inútil. El nuevo era más joven, más insistente, más prometedor, más hábil. Ella prefirió el cambio. Entonces no sentí tristeza por mí, sino por ella.



Si tan solo ella me hubiese deseado un poco más… solo un poco más… yo podría haber dejado de ser un pensamiento -un simple pensamiento- y ser parte de su realidad.







10 - El regalo



Los hijos habían salido; su esposo y sus nietos estaban al caer. Era tal vez su momento para relajarse, para pensar un instante en ella. Pero no, esa noche era Nochebuena, la familia se reuniría alrededor de una mesa rebosante de amor y deseos y ella quería darlo todo; ni más ni menos que lo que hacía siempre, cada día.

Mandó a limpiar su mejor vestido e invirtió un poco de dinero en unos zapatos que hacía un tiempo había visto; no creía merecerlos, pero era una ocasión muy especial.

Se había encargado hasta del más mínimo detalle: la exquisita entrada de ave y cremas, el postre de chocolate que sus nietos adoraban, los adornos dentro y sobre la chimenea, las infaltables velas decoradas con piñas y frutas secas y, por supuesto, el precioso árbol. 

El esposo se encargaba de los fuegos de artificio, las bebidas, el disfraz de Santa Claus; sus hijos, de los regalos y los juegos de mesa para entrada la noche. El mandato familiar era el pequeño aporte de cada uno y así había funcionado; desde siempre, y a todos le gustaba.

Para las 22:00 la mesa estaba servida. La brisa de la noche hizo que cerrara las ventanas y aprovechó para encender la vieja radio, que con sus canciones repetidas acompañaba históricamente la llegada de la medianoche.

Cuando dieron las 23:45 -y los platos a medio terminar anunciaban el preludio de los regalos y los saludos-, sugirió un brindis. Ella encabezaba la mesa para entonces. Caminó hasta cada uno -eso le gustaba mucho- para chocar las copas, llenas todas y rozagantes de un exquisito vino. Menos las de los chicos, que tenían jugos y gaseosa. Brindó así por la felicidad, la esperanza y la eternidad.

Nadie opinó lo contrario, por supuesto… pero tampoco nadie sumó otros deseos. De todas formas, ella no los esperaba.

El teléfono comenzó a sonar. Sonó. Sonó nuevamente. Llamó insistentemente, una y otra vez. Se sintió invadida. Entonces lo apartó.

Sin sorpresa, bebió un sorbo de cada copa. Acarició el mantel con sus dedos, como un ritual repetido, hasta que alcanzó los mismos regalos que año tras año abría y fingía desconocer.

Se desprendió los zapatos, apagó la radio -que para entonces tocaba una alegre canción de Navidad-, y subió las escaleras, hacia el cuarto, con aquella foto de todos, bajo el brazo.







11 - La noche circular



Aunque sumido bajo el notorio influjo del cansancio, alcancé a ver al viejo. Recuerdo haberlo visto como quien se sorprende ante el vuelo rasante de un ave mientras mira con atención la forma de una nube. No por lo rápido -que ciertamente no era-, sino por la fugacidad de su aparición. No reparé -hasta entonces- en mayor detalle que este.

Esa noche -como tantas otras-, yo estaba sentado en el tercer banco de tres, al fondo del largo pasillo, debajo de una amplia y oscura ventana de estilo victoriano que daba a un tapial bajo, que daba a un patio, que daba a un lejano jardín coronado por un pino; yo estaba cansado, derrotado, como cualquier hijo que aguarda con impaciencia por la vida de su madre.

Dieciséis noches con sus días -el tiempo que yo llevaba a su lado, cuidándola-, fueron suficientes para que pasara, sin escalas, de la desesperación al abatimiento.

Y quien sabe de lo que hablo, no me dejará mentir: cuando el cúmulo de las mil y una indagaciones metafísicas llega a su ápice y las preguntas no desnudan respuestas, un enorme vacío, una suerte de lento naufragio espiritual se abate sobre uno -primero soltando amarras, luego quebrándose los mástiles-, y uno no tiene más que entregarse y resignarse a que las horas comiencen a dilatarse, pausadamente, como si fuera necesario mostrar el poderío de lo irrisorio del universo ante la afrenta de la cercana muerte. Así y todo, como una suerte de abordaje misterioso, como un bálsamo engañoso y necesario, el destino permite interrupciones, alicientes que generan mínimas fugas, producto del desvarío y la angustia, como proponerse contar cien veces las baldosas de una sala, o adivinar si será hombre o mujer quien doble por un pasillo; o la visita de un extraño, como este caso.

Lo cierto es que, en breve, fui uno con mi mamá. Ni bien ella dejó de expresarse -ni bien prefirió la sonda que la cuchara-, resolví dejar de ser yo: modifiqué drásticamente mi alimentación, me rasuré el pelo, comencé a descansar sin comodidades; sentía no poder, no merecer estar mejor que ella. A partir de ese momento, aquello fue mi medio de expresión, mi manera de participar de su injusta inclemencia, de acompañarla a mi modesta y torpe forma, de decirle a Dios que no era tal, de negarlo con todas y cada una de las células de mi cuerpo.

Perdido en mis pensamientos, abarrotado de tristeza -esa tristeza que deja de ser notoria cuando comienza a ser parte de uno-, el viejo de mi relato se acercó a mí. Pude seguir antes su paso variable y notoriamente lento, esquivando sin habilidad a las demás personas, pero decidido a mí, ciertamente. Cuando alcancé a observar sus rasgos cenicientos, su cabello nuboso y su impronta alta y delgada, ya estaba a mi lado. Sus arrugas me sugirieron un espacio para poder sentarse. Lo hizo. Me corrí sin mirarlo.

Afuera, luego del patio y del jardín y del pino y más allá, la noche prometía ser fría y calma y oscura.

- Esto es para vos -me dijo.

Su mano menesterosa sacó un pequeño libro de una raída maleta que traía bajo el brazo, y me lo dio. Sus palabras me parecieron tan torpes como misteriosas, pero resolví tomarlo. Continuó: Abrilo y leé lo que quieras.

- No quiero leer nada, gracias.

Lo tomó nuevamente: Escuchá -me dijo, mientras abría azarosamente el libro-: “…entonces caminó hasta la puerta, la cerró y lloró de alegría: era un varón…”

Lo miré. Reflexioné que no lo conocía, me estaba quitando tiempo, muy valioso. Tenía hambre, frío y el médico de guardia me daría en breve el último parte del día.

- No es el mejor momento. No se moleste…

- Escuchá -me dijo, sin oír mi aclaración- :

“…dejáselo afuera, en el patio, al lado del pan y el agua y los zapatitos. Que piense que fueron los Reyes…”

-  No sé qué…

- ¿No sabés?, ¿seguro, che? - me dijo.

- Sí seguro - le dije, molesto e irritado.

Me levanté. Fui a la habitación, que estaba al lado mío. Ella dormía, como siempre, invariable, pero me bastaba verla en paz para que mi mente abonara el argumento de que estaba descansando. Eso me sirvió. Controlé su respiración, monótona, intranquila. Le di un beso. Salí.

El viejo seguía sentado, leyendo:

“Por suerte se quedó tranquilo, pero lloraba cuando lo dejé, es su primer día de clases… me partió el alma… parece tan chiquito…”

El viejo leía en vos baja, pero suficiente para que yo lo escuchara. Leía apaciblemente, ayudándose con el dedo índice, como si quisiera acariciar cada sílaba con él. Abría aleatoriamente y sin orden aparente el libro, dejando páginas y páginas tras su mano, hacia atrás y hacia adelante:

“¿… te haces una docena más?, a vos te salen tan ricas ma… dale, así nos juntamos con los chicos…”

Me senté nuevamente. El viejo estaba tan decidido que quise entender qué se proponía. Probablemente estaba loco, o solo. Luego pensé que podía tener un ser querido en alguna sala contigua. Resolví escucharlo un instante más:

“… sos la luz de mis ojos, hijo. No sé cuánto más voy a poder seguir hablando… pero si esta enfermedad tenía que pasarme para que estés a mi lado, para que regreses, acepto que me pase, y me siento feliz de tenerte…”

Nadie, nadie, nadie… nadie en el mundo sabía eso, solo yo y mi mamá. Me paré y tuve ganas de matar a ese hombre: ¡Quién es usted!, ¡Qué es! -le dije- ¡Quién!, ¿¡Quién se piensa que es!? No quiero escucharlo, ¡Qué le pasa!

Creí que iba a desfallecer o morirme; sentí morirme. Me paré. En ese momento, alguien chistó y la gente entró en las habitaciones. Una enfermera hizo el ademán del silencio en sus labios, enojada, desde lejos. El pasillo quedó desierto.

En la vida pasan cosas que uno no maneja -o que cree que no maneja-, y que lo cambian, le generan culpa, lo destruyen, lo levantan y lo vuelven a demoler, incesantemente, una y otra vez. Mi mamá y yo, por obra del destino, nos habíamos distanciado durante mucho tiempo, antes de su enfermedad. No importa por qué. Este viejo sabía algo que solo nosotros dos sabíamos, nadie más.

- Mire, no creo en Dios, y si usted es Dios, se puede ir yendo por donde vino.

- Claro que no soy Dios -me dijo, casi disimulando una evidente sonrisa- ¡Qué ocurrencia!

- ¿Qué es lo que acaba de decirme? -le dije, espiando el libro de entre sus manos, casi interrumpiéndolo. ¿De dónde lo sacó?

- ¿Querés saber?

- Sí.

- Dale, leé vos -me dijo con aplomo, pero muy tranquilo.

Me senté a su lado nuevamente. Estaba abatido. Empecé a temblar, no sé si de frío o de qué. Tomé el libro. Lo abrí. Las letras eran ilegibles.

- No puedo leer, no entiendo lo que dice -le dije de mala gana.

Las palabras parecían no ser palabras, eran formas sin sentido, símbolos, conjeturas ilógicas. Solo él podía leerlo. Se lo devolví.

- Leé -me dijo, devolviendo decidido el libro a mis manos.

Lo abrí nuevamente. Azarosamente, la pagina 55 comenzaba diciendo, muy borrosa “…casa de los abuelos…” y la seguían signos indescifrables. No pude continuar leyendo, como si la mirada se me nublara. Eso me llamó la atención. La página 19, decía casi al final “… agarrame, que tengo miedo de caer…”

- Cada página guarda algo indescifrable -le dije.

- Como la vida -me contestó.

La página 78, la 16 y la 49 decían a su manera “… tenés un nueve, vas a la bandera…”; “a dormir, que es tarde” y “si salís, por favor, abrigate”. Cerré el libro, impaciente.

- ¿Quién escribió esto?

- Nadie… y todos.

- ¿Qué?, esto habla de mí.

Me miró. Dijo: Sí. En parte sí.

No pude menos que llorar. Mucho, para mis adentros. Me sequé con la manga de mi campera. Abrí el libro otra vez. Ahora las páginas parecían ser cada vez más, como si se multiplicaran infinitamente, como si el libro se hiciese pesado. Pero podía leer mejor, de a poco, como si a cada lectura las letras aparecieran más claras. Me llamó la atención dar con la página 1.949; la juzgué extrema, casi imposible.

- ¿Cuál es la última página? -se me ocurrió preguntarle.

- No hay.

- ¿Y la primera?

Su mirada pareció responderme.

No sé quién era ese hombre, ni qué era ese libro, pero yo estaba en él. Por ejemplo, en la página 161.978 decía “…yo estaba sentado en el tercer banco de tres, al fondo del largo pasillo, debajo de una amplia y oscura ventana de estilo victoriano. Daba a un tapial bajo, que daba a un patio, que daba a un lejano jardín coronado por un pino…”  Me dije: esto acaba de pasar; no puede ser.

- No solo puede ser. Es. -me dijo, adivinando mi pensamiento.

- ¿Acá está todo… todo?

- Todo y nada a la vez.

Me decidí por leer a conciencia, entregado ante tamaña locura. Quise leer todo lo que él podía ver, todo.

Leí en sendas páginas, a cuentagotas, como si todo fuera revelándose de a poco: cada letra, cada párrafo. Luego cada símbolo se hizo coma, punto, sílaba y poesía. Leía cosas inconcebibles, propias y ajenas.

Leí mis dolencias, mis pecados, mis mentiras y cada una de mis traiciones (ahí lloré mucho); las palabras dichas, las ahorradas, las que me arrepentí de decir y las que hubieran salvado vidas; leí claramente mis carencias, mis urgencias, mis amores correspondidos; las esperanzas que generé, la gente que confió equivocadamente en mi palabra. Descubrí cuánto sufrí realmente, cuánto perdí y gané y cuánto lloré y cuántas eternas veces lastimé seriamente, sin sentido. Pude ver mi vergüenza, mis errores y cada sombra de mi profundo ser. Ahí estaban mis creencias pasadas y las futuras. Mis hallazgos; mis aptitudes y valores y fortalezas (aquí también lloré mucho). Pude leer sobre mi soledad, tan fuerte y poderosa, alimentándose de mis incertidumbres. Pude leer sobre las personas que estaban orgullosas de mí y de las veces que me dijeron hasta el hartazgo lo importante que yo era, el valor de ser que tenía. Me reconocí en un temprano espermatozoide, en un óvulo y luego en un pequeño corpúsculo de células y en una pared del cuerpo de mi madre y me vi nadando e imaginando mundos desconocidos y venideros. Me vi eterno y vasto, y fui Dios y Demonio y hombre y ave y piedra.

Cada tanto miraba al viejo y cada tanto se secaba el rostro, como yo el mío. Le dije: Quiero encontrar el día que quise decirle a mi madre que la amaba con toda mi alma y no pude. Quiero dar con esa página. Muéstremela -le rogué.

- La página va a dar con vos. No podes buscarla. Y siguió: Una vez que leas una página, no podrás dar con la misma nuevamente. El libro es infinito y la probabilidad de repetirla es inconcebible.

No quise escucharlo. Le respondí: Quiero cambiar esto que le está pasando -dije, señalando la habitación. Se lo ruego. Le propongo algo: le cambio todas mis páginas, las más hermosas, mis mejores momentos, todos mis recuerdos, se los cambio todos. Los rehúso. Solo le pido algo: volver a aquel momento, en la cocina de casa. Quiero decirle que la amo, que le agradezco por haberme dado la vida, por haberme educado, por haberme defendido como lo hizo.

Él no quiso o no supo responderme. En vano reiteré mi oferta. Yo solo abrazaba el libro y no me animaba a abrirlo nuevamente, por temor a leer algo y no poder releerlo nunca más.

Esa noche el tiempo no existió, o pasó tan rápido que me pareció que se hubiera detenido.

Afuera, la noche peleaba por quedarse. El sesgado naranja de un sol naciente asomaba tibio, detrás del pino lejano, aunque el jardín y el patio y el tapial aun no se veían. Mamá seguía durmiendo. No corrí las cortinas.

- El libro es mío -le dije, en un arrobo de incordura.

- Sí, y de todos -dijo suspirando.

De repente me sentí muy, muy cansado. - ¿Esto es el infierno? - le pregunté con miedo.

- No sé qué es eso -me dijo, extrañado.

Le reproché: No importa. Si lo estoy soñando me voy a despertar, porque esto no puede estar pasando.

- Tan seguro estás de soñarme, que no ves que yo puedo estar soñándote a vos…

No quise escuchar de él una palabra más. Me confundía, pero sabía que estaba en sus manos.

- El libro es tuyo, tomalo. Es un regalo.

- El libro es pura magia -le dije-, es un error del destino, es una maldición de algún Dios, porque preserva lo pasado y lo vivido, pero desaparece a la menor lectura. No lo quiero.

- Conservalo y mejoralo. Tenes que escribir mucho todavía. Hay mucho en blanco.

El viejo, que parecía aún más viejo y agrietado con el sol que ya asomaba por la ventana, se paró con esfuerzo y comenzó a caminar, alejándose.

- ¿Adónde va?

-  Ya hice lo que debía.

- ¿No va a cumplir mi deseo? -le pregunté angustiado. No me contestó, y siguió yéndose, hacia el codo del pasillo, muy despacio.

- ¡Ella sigue dormida! -le grité abrumado.

Se detuvo: Y vos también. Despertate.



Abrí los ojos. Mi corazón creyó salirse del pecho. Mamá tomaba un café, en la cocina de casa, como aquella mañana. Desde la ventana podía ver ese tapial, que daba a ese patio, que daba a ese jardín… que eran míos. No esperé más. Fui hacia ella sin pensar en nada. La besé. Ella me abrazó sin sorpresa, como si lo hubiese sabido. Nos abrazamos… y le dije que la amaba.



Pero… ahora ya pasó tanto tiempo de eso… que solo quedan recuerdos. Mamá se fue, hace mucho ya.

Desde el abismo de años que me separan de aquel extraño sueño, con un cúmulo inmerecido de años, veo todo muy claro.

Ese libro… lo busqué tanto, tanto. Solo di, eventualmente, con alguna página suelta que pocas veces reconocí.

En cuanto al viejo… siempre me pregunté quién pudo haber sido. Nunca entendí -nunca razoné-, cómo no se me ocurrió preguntarle algo tan simple como su nombre.

Pero ayer pasó algo muy curioso. A casi setenta años de aquella noche, de aquel sueño imposible con el viejo, volví a soñarlo. Soñé exactamente el mismo sueño. Pero esta vez, los roles estaban invertidos.

Y pude, por fin, entenderlo todo.

Lo entendí ni bien empecé a caminar por el pasillo, hacia los bancos del fondo, con una maleta que contenía un libro y vi, bajo la amplia ventana victoriana, al niño que fui alguna vez.







12 - Breve historia de la patria



Días antes de la partida, Venancio Rufino Podestá había dejado en Cuyo a su esposa y su hijo, recién nacido. Ella había prestado honrosamente sus servicios a la causa, cosiendo día y noche, junto a otras, un rústico lienzo con los colores del cielo; y aunque cansada por el reciente parto, el pedido venía del Gral. Don José, y eso era más que suficiente.

Bajo el mando del Gral. O´Higgins, Venancio Podestá había prestado servicio en el reciente desastre de Rancagua, donde Osorio y los realistas lograron retener Chile para la corona española. En una desigual batalla, ellos y unos pocos lograron regresar a la patria cruzando la montaña, no sin antes recuperar algunas cajas con municiones; esto le valdría una mención y el grado de Cabo segundo.

Pero lo importante aquí -y ya debo decirlo-, es que Venancio Podestá fuese mi bisabuelo, y quien cuidara por las noches a mi pequeño abuelo Salvador Rafael sea su esposa -mi bisabuela-, Esperanza Rosalía Palosanto, una de las costureras de aquella bandera que se izaría en la cordillera.

A las órdenes del Gral. Gregorio Las Heras, mi bisabuelo formaría parte de la columna que cuidaría las espaldas de los Grales. San Martín y Soler, que saldrían juntos por Los Patos. Él lo haría con retraso táctico, días después, por Uspallata.

Pero mi antecesor tendría un honor particular, a decir de sus memorias.

En el campamento de El Plumerillo, el Gral. San Martín había pergeñado, meses atrás, el envío sistemático de espías a los asentamientos pehuenches que habitaban los cruces previstos. El plan: lograr que los nativos difundan el rumor de un cruce mucho más al sur del que realmente sería. El objetivo: confundir a los realistas, restándoles tiempo de respuesta.

Semanas de intenso frio y rutas escarpadas serían el camino de mi bisabuelo, junto a otros pocos, para lograr su cometido: abastecer de comida y mantas a los indígenas, y lograr que su fidelidad a la causa no sea efímera.

Gracias a esto, la mañana del 19 de enero de 1817, con 5.423 hombres, 22 cañones andantes y 1600 caballos, se inició el cruce de la Cordillera de los Andes.

Lo demás es historia. Al llegar al país trasandino, la victoria de Chacabuco definió la suerte. El 14 de febrero, San Martín y sus tropas entraban triunfales en Santiago. Éste rechazaría prontamente la gobernación, pero dejaría en su lugar al General que había huido con mi bisabuelo de la derrota de Rancagua, Bernardo de O´Higgins, a quien le encomendaría especialmente la bandera que mi bisabuela había ayudado a coser.

Así, mi sangre se pierde en las páginas de la historia, pero es cuando mi abuelo Salvador Rafael, aquél pequeño cuyano, entra en ella.

Salvador Rafael prefirió una vida más predecible, menos agitada. Se afincó en Buenos Aires, donde trabajó como peón rural para un tal Aráoz de Lamadrid, ganándose la vida desollando ganado con destino a Inglaterra. Su vida fue ingrata; le tocó vivir un régimen social que confundía a los de su estirpe, fomentando una cultura paternalista en manos de terratenientes abusivos.

Por esos tiempos, Don Juan Manuel de Rosas, el gobernador, se encontraba casi en el final de su segundo mandato, luego de una gestión de éxito y poder desmedido. Pero una inminente guerra con Brasil se cernía sobre su cabeza.

Decidió entonces -con impericia, con apuro-, confiar su ejército a un tal Urquiza, un comandante entrerriano que no tardaría en traicionarlo. El desertor compartía los anhelos de libertad del Brigadier, pero no su política, por lo que lo acorraló junto a sus tropas y lo derrotó en Caseros, el 3 de febrero 1852.

En este contexto, Salvador Rafael Podestá -mi querido abuelo-, nunca pudo abandonar la vida de la estancia, el saladero, la curtiembre. No tenía estudios ni riqueza y el ámbito que lo rodeaba pugnaba por multiplicar la marginación y la brutalidad de los de su clase. Fue muy valiente para tolerar el desprecio y muy cobarde para rebelarse; prefirió el sacrificio, el desdén.

Aquel patrón de la estancia donde él trabajaba y dormía y comía, fue alcanzado prontamente por una espada federal, a causa de titubeos unitarios. Quedó en la calle, solo. Fue reincidentemente mensajero, cuidador de caballos, policía de frontera, cuatrero, vendedor de sebo. Ejerció en sus últimos años la artesanía del cuero con pasión pero con infortunio.

Así y todo, su herencia de sangre terminaría reclamándolo: una mañana, aquejado por la fiebre del hambre y el recuerdo de los días de estancia -lo único para lo que estaba llamado a ser-, organizó una pequeña asamblea callejera entre compañeros que terminó, sin desearlo, en revuelta. Quisieron recordarle al gobierno -en manos temporarias de Urquiza-, su pericia con el ganado y la faena, su amor por el campo. Unánimemente, levantaron su voz y sus facas en señal de conquista y de honor, un honor sincero pero ignorante. Autoridades unitarias y federales repudiaron el hecho y un pequeño ejército reprimió la osadía. Mi abuelo fue detenido. Murió al día siguiente.

Dejó infinitas deudas, una imagen de la virgen, unas espuelas de alpaca sin valor y una hija mujer, Balbina Podestá, mi madre.

Balbina se crió con las Damas del Buen Jesús de Balvanera, una asociación que velaba por el cuidado de niñas huérfanas. Con los años, esta y otras instituciones darían en proclamarse Sociedades de Socorros Mutuos, para brindar apoyo económico a sus integrantes, casi siempre asalariados pobres. Su objetivo: asegurar las condiciones de vida laborales.

Por lo visto, la sociedad había cambiado mucho.

Dentro de lo poco que creía saberse en el país, afuera se habían creado máquinas que podían hacerlo todo: podía crear trenes, bombas, telares, coches, barcos. Nada tenían vedado. Y si bien traían consigo modernidad y futuro, estaban creando el caldo de cultivo para una reformulación social profunda.

En esa Argentina, mi madre consiguió trabajo como planchadora de ropa, maniobrando una máquina sonora y pesada 15 horas al día. Accedió a un trabajo, y con él a un mísero salario en condiciones patéticas, aunque suficiente para rentar una pieza en el centro. No tardó así en contagiarse la fiebre, ampollarse, respirar gases y desnutrirse. Pronto desarrolló así un asma crónica que siempre la acompañaría. Pero fue gracias a estas condiciones y las de sus pares, que un buen día creyó conveniente dejar la queja y comenzar la militancia.

El país era guiado por Julio A. Roca, que por entonces iba por su segunda presidencia. Había sido lugarteniente de aquel Urquiza que venció a Rosas y había ideado también, años atrás, la matanza de miles de indios, acción que lo había catapultado militarmente. En tanto, el mundo industrializado actuaba de catalizador social del malestar obrero.

Entonces, los movimientos socialistas, facciones anárquicas y el crecimiento de las organizaciones sindicales y gremiales, hicieron que estos se organizasen y formasen una federación obrera llamada FORA, que se dio a conocer al mundo el 1 de mayo de 1901. Esta se perpetuaría rápidamente, y en el correr de los años pasaría a llamarse FOA y luego Unión Sindical, para autodenominarse finalmente CGT.

Primero fue el Mercado Central, luego los metalúrgicos, luego los panaderos; muy pronto todos los rubros y oficios se hicieron eco de un arma llamada huelga, para que los capitalistas tomaran debida nota de lo que hacía la unión de los trabajadores. En este escenario, los partidos disidentes apoyaron a los gremios y fueron al choque contra Roca. Su gobierno se fue desgastando de a poco, pero constantemente.

Mi madre supo escapar a tiempo de la policía, esconderse bajo terraplenes, dormir lejos de la casa. Fueron cientos los muertos y heridos en represiones policiales, cada vez más severas. Pero lo conseguido fue mucho: mejoras en las condiciones laborales, reducción de horas de trabajo, descansos pactados, horarios de almuerzo, comedores en planta.

El país deseaba un cambio, donde muchos héroes anónimos dieron su vida por una Argentina mejor, pero deberían esperar años hasta encontrar un rumbo cierto.

Balbina Podestá hubiera querido vivir en mi época, o tal vez verme actuar en ella, pero no le alcanzó.

Y esta es mi historia.

Me llamo Facundo Podestá. Tengo 99 años. El próximo 25 de mayo de 2010, cumplo 100. Sin ser muy rápidos, pueden darse cuenta que nací el 25 de mayo de 1910, por lo que cumplo junto a la patria los segundos 100 años de esta.

Indudablemente, debo agradecer al General muchas cosas de mi vida: aumentos de sueldo, las primeras vacaciones en familia, los aparatos dentales de mis hijos, la asistencia social.

De todas formas, no soy tan justicialista como peronista. Imagínense que del 46 al 55 un hombre construyó un país, le dio forma y nombre propio. De hecho, estoy convencido que Perón logró su apogeo gracias a la alianza estratégica con los sindicatos, el sector representativo del país que siempre lo apoyó y encontró en él un aliado.

Fui bancario; primero cajero, después tesorero. Toda mi vida trabajé duro, pero logré comprar con esfuerzo un Citroën 2CV y luego un Torino, que todavía guardo de recuerdo en el garaje.

Compré mi casa, que pagué durante 25 años. Mis hijos se educaron en colegios laicos; no pasaron hambre, no conocí la privación económica. Pude comprar discos de los Beatles, logré ver la llegada del hombre a la Luna en mi Telefunken y supe acceder a una cobertura médica cuando fue necesario.

Nadie de mi sangre logró siquiera soñar la mitad de todo ello.

Luego todos sabemos, ya que es historia reciente, lo que sucedió: La Libertadora lo derrocó y el país se dividió, se amotinó, se odió. La guerra civil estaba instaurada en la sociedad.

Ya no sirve buscar responsables, porque todos lo fuimos de una u otra forma, todos tomamos posturas.

Pero luego vendría el lapso más repudiable y vergonzoso de toda nuestra historia: el proceso militar, Malvinas, el silencio a la libertad de prensa, la expropiación, la calumnia, la tortura, la muerte.



Hoy, mirando hacia atrás, recordando a quienes me precedieron en el camino de la vida, trayendo a mi mente al soldado Venancio, al peón de estancia Salvador, a la activista Balbina -todos Podestá, como yo-, puedo resumir en unas cuantas hojas una larga vida familiar de lucha y entrega alrededor de 200 años, vidas que caminaron y dejaron una huella aún húmeda de honor y sentido. Vidas que me he encargado de honrar con mi proceder.

Falta mucho para ser el país que mi bisabuelo y mi abuelo y mi madre quisieron, pero las conquistas que se han logrado, desde aquella Argentina en formación hasta hoy, han sido muchas y no menores.

Brindo por todas las Balbina, los Venancio, los Salvador anónimos, que se levantan a trabajar, cada mañana, con el sueño de una Argentina mejor.





13 – El hechizo


ACABAS DE TOMAR ESTA HOJA EN TUS MANOS…

¡POR MI BIEN, NO LA DEJES! NECESITO LA LEAS HASTA EL FINAL. SIGLOS HE PASADO AGUARDANDOTE. NO QUIERES IMAGINAR LA CRUELDAD, LO INDECIBLE DE MI ESTADO… MAS, SI HAS LLEGADO HASTA AQUI, ESTA QUINTA LINEA, LEE AUNQUE SEA POR MERA CURIOSIDAD. ESTARE ETERNAMENTE EN DEUDA CONTIGO.

Mi nombre es Cumhal, hijo de Cormac, y pertenezco a una extinta casta druida. Soy el último hechicero de un reino, de un país, de un mundo que ya no existe y no conoces; confía en mí, en nada contribuye te explique tales circunstancias.

Si te diré -es lo menos que mereces- que he sido maldecido. Sí te confiaré que han hecho de mí un brutal fantasma, un ser que ha sabido antaño dominar las fuerzas de la naturaleza, pero que ahora es poco menos que un espíritu atrapado en el bosquejo de letras que tienes entre tus manos.

Y he sido maldecido porque he amado a la persona equivocada. He merecido impensadas injurias por desear la mujer de otro. Para mi bien, fui correspondido; para mi mal, fuimos descubiertos.

Aquel día, un anciano rey supo que su inocente hija se había enamorado de un druida. Ella fue recluida en una celda subterránea del palacio. Yo fui escarneado y flagelado públicamente por su prometido, un viejo hombre que en breve iba a desposarla. Pero como era de esperarse, el viejo se declaró estafado en su honor, y en su ofensa retiró del reino su protección y beneplácito. Y el rey enloqueció de vergüenza.

¿SIGUES AHÍ VERDAD? FALTA POCO…

Por ello, no le bastó con herir mi carne. Deseaba íntimamente lastimar mi espíritu. Mandó buscar al bosque al gran hechicero, Blanaid Bulben, para atar mi alma a un castigo eterno. Mi hasta entonces adorado amigo, viendo desaparecer la casta druida por mi culpa, no tardó en traicionarme y pactar con el rey mi innoble destino. El rey eligió cruelmente el tormento: quemó mi cuerpo, en una pira con las muchas cartas que le escribí a su hija durante años; el druida, en tanto, hizo de mí su mejor hechizo. Sepultó mi alma, conjurándola en estas letras, en todas y cada una de ellas.

POR ESO REVIVO AHORA CON CADA PALABRA QUE TU PRONUNCIAS… PERO BLANAID BULBEN NO ME OLVIDO DEL TODO. 

El rey y el druida me hicieron escribir mi historia, esta que lees, sin obviar, mentir ni sumar acontecimiento alguno. Pero como habrás observado, he añadido en otro tamaño palabras mías, antes de morir, con la esperanza de que culmines su lectura y me liberes.

Espero que a esta altura me entiendas, querido lector, ya que de ti necesito para terminar con mi ancestral tormento.

Porque el atroz hechizo que Blanaid Bulben me impuso, fue el siguiente:

“Cumhal, hijo de Cormac, te condeno al tormento eterno hasta tanto des con un alma que lea voluntariamente tu historia. Será la única manera de rebelar tu espíritu y tomar de aquel a quien veas por vez primera, su corporeidad…

Tus palabras me han conjurado. Has roto el hechizo.

LO SIENTO.




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